viernes, 20 de mayo de 2016

Miguel de la Quadra-Salcedo inicia su última ruta



Me quedaba embobado con sus aventuras. Gozaba de sus palabras con esa voz que me recordaba a una locomotora de vapor estacionándose frente al andén de una estación en plena estepa. Me entusiasmé por primera vez comprobando que la ropa de color caqui no pertenecía en exclusiva a los rangers o a los comandos del ejército sino que, incluso, podía ser cómoda y atractiva para arrastrarte en plena selva. Tras diversos esfuerzos vanos, comprendí que el frondoso bigote con puntas entrelazadas sólo queda bien a ciertas personas y no a todo el mundo. Me abrió los ojos a un mundo nuevo, a ese mundo nuevo que no sale nunca en las noticias pero que sigue perteneciendo al mundo al que todos pertenecemos, el mundo de lo ignoto, de lo imposiblemente posible, de la cotidianeidad aventurera, de los viajes mullidos en un sofá y de que, si te lo propones, los sueños no siempre han de ser sólo sueños.

Aunque no pude conocerte en persona, tan sólo comentarte que ha sido un verdadero placer haber confluido en un periodo espacio-tiempo de mi vida contigo, y ahora que ya no estás, decirte que, para mí, estás en el mismo peldaño de la admiración que gente como Julio Verne, Percy H. Fawcett, Ferdinand Fournier-Aubry, Tanco Amero o Thor Heyerdahl.

Gracias por todo, señor Miguel de la Quadra-Salcedo y que la ruta que ha iniciado le lleve a otro paraíso mejor.


lunes, 25 de abril de 2016

Un Sant Jordi inolvidable


Gracias.

Gracias a todos los que vinieron a apoyarme durante la Diada de Sant Jordi, tanto al stand de Llibrería Croquis en Sant Boi de Llobregat, como al espacio LARMbooks del Passeig de Gràcia de Barcelona.


Gracias a todos los amigos, conocidos y, especialmente, a todos aquellos anónimos que, de un modo u otro, ya habían oído hablar o conocían mis libros.


Gracias, de corazón, por haberme hecho pasar uno de aquellos días que se quedan en la memoria grabado a fuego.


jueves, 21 de abril de 2016

Prince is dead, long live Prince!

Acabo de saberlo y no reacciono. Lo siento, me he quedado sin palabras. Quizás en algún otro momento escribiré sobre uno de los músicos que más me ha acompañado desde mi adolescencia.

Lo único que se me ocurre ahora es el concierto que deben estar haciendo allá donde estén los que han desaparecido durante el último año.

Joder. ¡Que nos estamos quedando solos!


lunes, 18 de abril de 2016

¡Llega Sant Jordi!

¡Cinco días para Sant Jordi!

Estaré firmando ejemplares de El pañuelo es un mundo y Más vale pájaro en mano que morir de pie en el espacio LARMbooks, frente al número 65 del passeig de Gràcia -entre las calles Valencia y Mallorca de 11:30h a 13h y de 17h a 20h.

¡Os espero a todos allí para hacer piña!


jueves, 14 de abril de 2016

Prólogo "Más vale pájaro en mano que morir de pie"

Y los muertos aquí lo pasamos muy bien,
entre flores de colores, y los viernes y tal,
si en la fosa no hay plan,
nos vestimos y salimos.

No es serio este cementerio” – Mecano


Situada al suroeste de la ciudad de Barcelona, la montaña de Montjuïc ha sido, es y será un referente para la capital catalana, tanto en lo positivo como en lo negativo. Con una altura de tan sólo ciento setenta y tres metros sobre el nivel del mar, Montjuïc siempre se ha considerado uno de los principales puntos estratégicos para la defensa de la ciudad, fácilmente demostrable por los restos ibéricos encontrados y que datan del siglo III a.C., aunque no fue hasta el año 1640, durante la revuelta contra Felipe IV, que la montaña no conoció la primera fortificación construida en su cima. Cincuenta años más tarde el fortín se convertía en un castillo cuya planta ocupaba toda la cumbre del monte. Finalmente, en 1751, y bajo la dirección del ingeniero militar Juan Martín Zeremeño, se ordenó la destrucción del antiguo fortín y, ajustándolo a los sistemas defensivos concebidos por Sébastién Le Preste, señor de Vauban[1], se modificó el conjunto de fortificaciones. Las obras finalizaron en agosto de 1779 y, con ligeras variaciones, el castillo quedó como lo conocemos a día de hoy.
La etimología de la montaña de Montjuïc ha dado mucho que hablar, pero la variante que más se impone es la que dice que proviene del catalán medieval y significa “Monte de los judíos”, principalmente por la extensa documentación encontrada y por el uso de la necrópolis entre la comunidad judía durante más de cuatrocientos años[2].

En la vertiente marítima o sur de la montaña se encuentra el Cementerio del Suroeste, conocido popularmente como Cementerio de Montjuïc, y antiguamente como Cementerio Nuevo. Con una superficie de más de quinientos mil metros cuadrados y unas 152.774 sepulturas, fue inaugurado el 1 de marzo de 1883 a partir de un proyecto del arquitecto Leandre Albareda, y la primera persona enterrada fue el indiano cubano Josep Fonrodona Riva. Considerado como una réplica casi perfecta del Eixample barcelonés, vio como los grandes apellidos de la sociedad catalana, mientras hacían construir sus casas modernistas o noucentistes en el centro de la capital catalana, también levantaban sus mausoleos en este cementerio. Hoy en día, el Cementerio del Suroeste se considera como un punto de referencia y visita obligada para estudiar y disfrutar del modernismo en la arquitectura. 

Aunque al pobre Minguella todo esto de los castillos y modernismos siempre le habían importado un huevo y parte del otro, y más ahora. Para ser del todo sinceros, nada o todo le importaban ahora una mierda porque, dentro de un ataúd de álamo, el Minguella estaba siendo enterrado en el mausoleo de la familia Bernat-Ulldemunt, por expreso deseo de la señora Assumpta, la viejecita a la que un día el Minguella le robó una colección de platitos y tacitas de té de porcelana china, pero como el Minguella le pidió perdón con una intensa sesión de lengua en sus zonas más íntimas, de la que la señora Assumpta no había tenido constancia en toda su insípida vida, ésta se dejó ir robando semanalmente siempre y cuando las sesiones amatorias del Minguella se realizaran también con una puntual regularidad.
El Minguella siempre había sido conocido como el Minguella, así, a secas. Su prominente humanidad, su contagiosa y estridente forma de reír y su legendaria habilidad en ubicar sus manos en bolsillos ajenos le granjearon una merecida fama de tío divertido, legal y cojonudo entre todos los habituales del barrio del Raval de Barcelona, pero poca gente sabía cómo había llegado el Minguella al barrio, y mucho menos de dónde; muy poca gente sabía que el Minguella nunca había llegado al barrio porque nunca había salido del barrio, y nadie sabía el nombre de pila del Minguella porque ni él mismo lo supo en toda su vida. El primer recuerdo que el Minguella tiene es de cuando un señor, llamado Minguella, le dijo que su mamá había muerto y que, a partir de ese momento, él mismo lo cuidaría hasta que ese crío con el que estaba hablando, con orejas de soplillo y piernas rechonchas, pudiera valerse por sí mismo para devolverle con creces toda la educación que el Minguella sénior daría al Minguella junior. Años más tarde, el Minguella niño supo que su madre había sido una prostituta alcohólica llamada Eugenia, que murió tras tirarse por el balcón de un tercer piso durante un ataque de delirium tremens y que el Minguella que lo rescató era, en realidad, el patrón de la Eugenia al que le había dejado una deuda de más de mil reales y que, para recuperar esta cantidad, esclavizó y educó al recién nombrado Minguella como un ratero de calle, como un Fagin[3] del siglo XX.
Años más tarde, cuando el Minguella ya se había convertido en algo tan común en el barrio como el Colón al final de les Rambles o un meado de perro en una esquina, en un arrebato de sinceridad producto de la melopea de copitas de ginebra, se abrió al Heredia en canal y le relató todas sus penurias y miserias vitales. El Heredia quería al Minguella como a ese hermano mayor que nunca había tenido, y no descansó durante días hasta encontrar al ‘abrón del Minguella mayor. Por fin, tras diversas visitas, tanto a las oficinas del distrito de Ciutat Vella como a la comisaría situada en el centro de la calle Nou de la Rambla para hablar con el comisario Huertas, -que le debía algún favorcillo tras el carpetazo dado al caso del asesinato de varias prostitutas en la zona[4]-, descubrió que el verdadero nombre del tal Minguella había sido Hermenegildo Urbano Antequera, nacido en el pueblo de Igea, municipio de la Rioja y perteneciente a la comarca de Cervera, fallecido víctima de un atraco a mano armada en plena calle de les Flors, frente al teatro Tantarantana, unos diez años atrás y todavía considerado un caso sin resolver por no haberse encontrado ninguna pista del posible asesino o asesina. Tras la lectura de la partida de nacimiento del muerto, el Heredia pudo entender el origen del nombre de su amigo, Hermenegildo Urbano había nacido en la plaza del Obispo Minguella del mencionado pueblo riojano.
Varios años más tarde, el Minguella, en plena faena amatoria con la señora Assumpta, sintió un pinchazo muy fuerte en el brazo izquierdo.
- Y ese pinchazo fue el inicio de un infarto, tío.
- No jodas.
- Jodo, jodo.
Pero como la Assumpta había iniciado su concierto de “aideumeu”, “noetparisquetmatu” y “lavergedelcarmequeemcorru”[5], el pobre Minguella mantuvo su miembro viril enhiesto y rodeado de humedades íntimas hasta que el corazón le falló y cayó cual Cristo nazareno, con los brazos abiertos sobre el todavía convulso cuerpo de la señora Assumpta.
- Como te lo digo, murió follando.
- No me jodas.
- Te jodo, te jodo.
Assumpta Ulldemunt i Fargues había padecido durante casi cuarenta años la eyaculación precoz de su marido, el noble notario don Esteve Bernat Butí que, bien por orgullo, bien por machismo, bien por gilipollismo, siempre creyó a pies juntillas que el no haber tenido descendencia había sido por culpa de la infertilidad de su esposa. Dos semanas después de enterrar a su marido, víctima de una enfermedad inflamatoria intestinal que le llevó a desarrollar un herpes zóster mórbido, la señora Assumpta se encontró con que ese señor tan orondo y amable que había conocido en el café Sandor de la plaça Francesc Macià era, en realidad, un vulgar ratero que le haría alcanzar la gloria varias veces en pocas horas. A partir de ese momento, el Minguella se convirtió en su amante bandido particular, y cuando el pobre diablo encontró su muerte en plena faena, la señora Assumpta, ni corta ni perezosa decidió enterrarlo junto al cuerpo de su marido en el mausoleo que el notable notario había construido para que el amor matrimonial fuera eterno.
- O sea que, además lo entierra junto al marido.
- Si, tío, si. Y cuando ella muera quiere ser enterrada al lado del Minguella, como si fuera un trío.
- Hay que joderse.
- Nos jodemos, nos jodemos.
Y la señora Assumpta inició todos los preparativos para organizar el sepelio del Minguella en su mausoleo. Pero dichos preparativos fueron largos, larguísimos, inacabables, infinitos,  inagotables, porque el Minguella no tenía papeles, su madre no lo había registrado y el Minguella no existía en ningún expediente, en ningún registro, el Minguella estaba muerto pero era como si no hubiera nacido.
- Y va y no lo encuentran por ningún lao.
- ¿Pero na’ de na’?
- Había vivido pero no estaba anotao como nacido, por lo que no podía estar muerto.
- ¡Ahí va la hostia!
- Joder si va, joder si va.

Una gran multitud de vecinos se habían congregado en el cementerio para dar el último adiós al Minguella; algunos habían ido en coche particular y otros en taxi, aunque la gran mayoría habían llegado tras haber tomado el autobús 21 en el Paralelo y enlazar con el 107, el autobús interior del cementerio de Montjuïc, que sale cada media hora de la puerta del camposanto y realiza una circunvalación por sus diferentes vías[6].
Torcuato Cienfuegos, conocido por todos como el Torcu y dueño del bar Casa Pío situado en la calle Arc del Teatre, a escasos metros de Les Rambles, había cerrado excepcionalmente su local y, junto a su mujer Milagros, y sus amigos Heredia y Charly, paseaba entre los altos cipreses que daban sombra a las paredes de piedra, repletas de nichos semejando un enjambre de abejas.
- Hacía mucho ‘ue no venía –comentó Heredia.
- Pues yo no había venido nunca –dijo Milagros-. Y mira que es bonito y qué vistas tiene al mar. Como que no importaría morirte para conseguir una última morada en primera línea de playa.
- Pues a mí que no me busquen –replicó el Torcu, alzándose con las dos manos la cintura del pantalón para intentar colocarla sobre su voluminosa barriga-. Prefiero que hagan una buena parrillada con mi cuerpo serrano que meterlo en una caja para que lo disfruten gusanos de todo tipo.
- Tampo’o habría madera suficiente para meterte dentro –soltó Heredia con una media sonrisa.
- Joder –respondió el Torcu -. Mira quien fue a hablar.
José Heredia Amaya era feo, aunque feo no fuera la palabra exacta. Utilizando la descripción que solía utilizar el propio Heredia, él era un cuadro viviente del Picasso cubista. Con una pequeña joroba que lo decantaba a caminar de lado y le provocaba que un brazo le llegara a la cintura y el otro casi a la rodilla, una cabeza un poco más grande de lo normal y un recuerdo perenne en su cara del acné que padeció durante una larga infancia, adolescencia y juventud, el Heredia era un tipo que no pasaba desapercibido. Pero, a pesar de todo, el Heredia era feliz, sobre todo desde hacía casi doce meses cuando su Lola había dado a luz a Laura, una niña preciosa, rubia, con unos hermosos ojos verdes y una sonrisa perpetua en su perfecta boca.
Hasta pocos días antes que Heredia le solicitara en matrimonio, Lola había sido una de las prostitutas habituales del barrio chino, pero desde aquella fecha Lola sólo había permitido que fuera un hombre quien la tocara, y ese hombre no había sido más que su gorila particular como ella lo llamaba, un hombre con una increíble fealdad exterior pero con tal fuerza y hermosura interior que sería capaz de cortarse él mismo un brazo y dar su última gota de sangre para que a ella y a su Laura no les faltara de nada.

Dolores Azaña Gómez había visto su primera luz en una cabaña remota al pie de El Monte, cerro de Sierra Ministra y situado al sur de Palazuelos, perteneciente al municipio guadalajareño de Sigüenza. Su padre, hombre solitario y huraño que prácticamente se había criado entre jabalíes, tejones y zorros, era pastor de ovejas desde que tenía memoria y, un buen día, sin plan previsto ni hostias, raptó a una adolescente que había ido a recoger flores junto al acuífero. La vio, no lo pensó y se la llevó al monte, a su barraca. Diez meses después nacía Lola y moría su madre. Cuando el cabrero comprendió que no podía cuidarla, decidió dejar a la recién nacida junto a la Fuente de los Siete Caños, cercana a la Puerta de la Villa de Palazuelos.
Dos horas más tarde, Lola fue encontrada por Aciscla Gómez, una vecina que había ido a llenar dos garrafas de agua a la fuente y que había padecido la pérdida de su hija diez meses atrás, cuando aquella había ido a recoger flores para la tumba de su abuela junto al acuífero.
Lola se crió entre algodones y puntillas, entre quemas del boto[7] y romerías a Mirabueno, campeonatos de tanguilla[8] y procesiones del Santo Entierro. Hasta que un día, recién cumplidos los dieciséis, Lola fue a recoger flores junto al acuífero y el hijo del alcalde, junto a otros tres amigos, la abordaron y la violaron salvajemente por turnos, dejándola malherida y destrozada entre los matorrales. Alzándose a duras penas, consiguió llegar hasta su casa y, tras acostarla en su cama y dejarla al cuidado de varias vecinas que habían acudido a su llamada, Aciscla Gómez agarró con fuerza su escopeta de cartuchos para dirigirse a la casa del alcalde. Llamó a la puerta y cuando vio que era el propio hijo quien le abría la puerta, alzó los dos cañones y dejó que la fuerza de su dedo índice sobre los gatillos hiciera el resto.
Seis meses más tarde, y tras despedirse de su madre en las dependencias policiales de Guadalajara, Lola tomaba un tren con destino a Barcelona y a la aventura.

- ¿Me imagino ‘ue mañana vendréis a celebrar el aniversario de Laura, no? –inquirió Heredia a sus amigos con su característico deje gangoso.
- No me lo perderé, Heredia –confirmó Charly con su calma habitual.
Charly era el orgulloso padrino de Laura y ni un conflicto nuclear le hubieran hecho perderse la celebración del primer aniversario de su ahijada.
Charly y Heredia eran amigos desde la infancia, pero por más que lo vieran nadie se lo creía, porque Charly y Heredia eran la antítesis el uno del otro, la cara y la cruz, el ying y el yang, el blanco y el negro, doctor Jeckyll y mister Hyde, vamos, que en lo único que se parecían era en el blanco de los ojos…, y ni así, porque el Heredia siempre tenía unas venillas rojas en los alrededores del iris que…
Carlos Ramírez Turín, Charly para los amigos y conocidos era, según palabras de la mayoría de las mujeres que lo conocían, el animal masculino más bello que habían visto y deseado. Vestido siempre de negro o gris marengo y luciendo unos trajes, camisas y zapatos de gran calidad, sus largas pestañas, su nariz perfectamente perfilada, sus carnosos labios, su bien peinada mata de pelo negro y, por encima de todo, sus profundos, melancólicos, duros e hipnóticos ojos le hacían destacar allí donde sus ciento ochenta y tres centímetros de altura lo encontraran. Nacido en un pueblo de la provincia de Jaén, Carlos Ramírez llegó a Barcelona a la edad de tres años, con sus padres y sus dos hermanos, instalándose en el barrio de Sant Martí de Provensals, cerca de la antigua zona marginal conocida como la Perona. Junto a sus amigos de la infancia, Heredia entre ellos, inició sus aventuras delictivas en su barrio para, más tarde adentrarse en el mundo de la prostitución mediante la ayuda de uno de los proxenetas más conocidos de la ciudad, Eudaldo Llobet, más conocido como el Pisha, que lo instaló bajo su ala y lo hizo su socio. Tras varias situaciones que le obligaron a sacar fuerzas del subterráneo[9], demostrando su habilidad y sangre fría, Charly se había ganado una merecida fama de amigo de sus amigos, pero mucho cuidadín si dejabas de serlo, porque si todas las féminas suspiraban cuando veían la lengua de Charly dar círculos alrededor de su amuleto -una piedra ambarina de casi un centímetro de altura incrustada en un anillo de plata que llevaba en el dedo anular de su mano derecha, y con una forma sospechosamente similar a un pezón femenino-, pobre del mortal que se encontrara frente al dueño de ese anillo cuando esos ojos negros se tornaban fríos y amenazadores mientras la lengua iniciaba su danza circular con la piedra.
- Nosotros tampoco faltaremos, ¿verdad Torcu? –preguntó sonriendo Milagros.
- ¡Cómo vamos a faltar si lo celebramos en Pío, joder! –respondió Torcu con su habitual vozarrón-. Que ya estoy pensando en cambiar el nombre de Casa Pío por Bar BBC, bodas, bautizos y comuniones.
- Pues si te molesta nos vamos a otros sitio, ¿eh? –replicó Heredia mirando con sorna al Torcu-. Vamos ‘ue no hay sitios por el barrio para celebrarlo.
- ¿Y a mí ‘ue me parta un rayo? –inquirió Heredia.

Tras el sepelio todo el mundo salió tranquilamente del cementerio dirigiéndose a sus respectivos quehaceres. Todos, excepto la señora Assumpta, que permaneció unos minutos más frente al mausoleo donde, con letras góticas sobre mármol extraído de los Alpes Apuanos en Carrara, se veía cincelado con solemnidad el nombre de su marido y donde, a pesar de todas sus negociaciones, le había sido imposible añadir la grabación de su añorado Minguella.
Pero de haber estado presente en su sepelio, el Minguella –como muchas veces decía él- hubiera alucinado por un tubo al comprobar cómo un tipo sin papeles ni documentación oficial, que se había dedicado toda su vida a afanar del prójimo sin daño ni violencia y que no había salido nunca del barrio del Raval, había sido enterrado rodeado de personajes célebres como Joan Miró, Jacint Verdaguer, Isaac Albéniz, Lluis Companys, Buenaventura Durruti, Santiago Rusiñol, Margarita Xirgu, Hipólito Lázaro o Àngel Guimerà entre otras muchas personalidades.





[1] Conocido comúnmente como Vauban, fue ingeniero militar, Mariscal de Francia y consejero del rey Luis XIV, aunque su fama se debe a su habilidad en el diseño y conquista de fortificaciones militares.
[2] Hasta el año 1391, fecha en la que se inició el expolio de las lápidas funerarias tras la destrucción del barrio judío o call de Barcelona.
[3] Personaje de la novela Oliver Twist de Charles Dickens
[4] Leer El pañuelo es un mundo. Entre paralelos y meridianas
[5] “Ay, Dios mío”, “no te pares que te mato” y “la virgen del Carmen que me corro”
[6] Su origen data del 31 de octubre de 1968, vigilia del día de Todos los Santos, con un horario de 7:45 hasta las 19:00. En esa época carecía de número, sólo constaba “Interior Cementerio” hasta que, a finales de 2002, tras la adaptación que hizo la empresa Transporte Metropolitano de Barcelona (TMB) a la numeración adjudicada por la Autoridad del Transporte Metropolitano, a esta línea se le asignó el número 107.
[7] Tradición en honor a san Roque, en la que se quema un boto o bota impregnado de pez frente al nicho u hornacina con la imagen del patrón del pueblo.
[8] Juego de puntería donde la tanguilla o cilindro de madera de unos 20 cm de longitud y de bases lisas se coloca en el centro de un círculo, y debe ser derribada desde una distancia de unos veinte metros mediante el lanzamiento de unos discos de metal llamados tejos.
[9] El pañuelo es un mundo. Entre paralelos y meridianas

viernes, 8 de abril de 2016

En Radio Sant Boi

Junto a Mónica Santacreu, conductora del programa Dies de ràdio de Ràdio Sant Boi, tras la entretenida e interesante entrevista que me realizaron en uno de los estudios de la emisora.


Mientras tanto, la música de Llorca, David Bowie y Jethro Tull, entre otros, acompañó a la audiencia a través de las preguntas y respuestas referidas, principalmente, a la reciente edición, por parte de LARMbooks, de mi última novela, Más vale pájaro en mano que morir de pie.

lunes, 4 de abril de 2016

¡Soy portada!

¡Soy portada de la revista Caràkter de este mes de abril!


Todavía no me sé ver.
¿Necesitaré tiempo?