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viernes, 16 de junio de 2017

Entradas: Alan Parsons 1995

Fecha: Lunes, 18 de septiembre de 1995
Hora: 22:00
Precio: ¿?
Lugar: Sala ZELESTE
Artista: ALAN PARSONS

Como Mike Oldfield, Jean Michel Jarre o los Pink Floyd posteriores a Atom Heart Mother, Alan Parsons abanderó una cruzada tecnicista que le ha reportado pingües beneficios. Y es que la fórmula, entre lo sinfónico y lo aparatoso, con intelectuales citas a Edgar Allan Poe, Sigmund Freud o Antoni Gaudí y un pop-rock dirigido al público adulto de perfeccionismo y vistuosismo caló mucho. Lo jodido es que, aun sabiendo que nadie ha discutido nunca sus méritos tras las mesas de mezcla y su inicial época -cuando se llamaba The Alan Parsons Project y su mente productora estaba unida a la mente compositora de Eric Woolfson-, Alan Parsons fue dejando que su nombre primara más que los últimos trabajos editados, y en ese periodo de impass oscurantista, por lo del futuro inmediato, Alan Parsons se presentaba en Barcelona.

El concierto de Alan Parsons fue interesante pero no para echar cohetes; funcionaron mucho mejor los antiguos temas y los últimos trabajos en solitario pasaron con más pena que gloria. Eye in the sky, Prime time y Games people play, entre otros, fueron como petardos en una gran verbena, y temas más progresivos, como Lucifer o La Sagrada Familia terminaron en la aparatosidad grandilocuente para un local como la Sala Zeleste, aunque debo reconocer que los dos vocalistas, Chris Thompson y Peter Beckett, que se sucedieron cantando los temas, fueron de lo mejorcito de la noche.

¡Ay, Alan! Quien te ha visto y quien te ve.

viernes, 26 de mayo de 2017

Entradas: Pink Floyd en 1988


Fecha: Miércoles, 20 de julio de 1988
Hora: 21:30
Precio: 3.000 ptas.
Lugar: Antiguo Estadio de Sarriá
Artista: PINK FLOYD

Bajo el título de The momentary lapse of reason Tour, Pink Floyd nos ofreció un espectáculo de más de tres horas de duración en el que combinaron los efectos visuales, fuegos artificiales y, sobre todo, música de la buena.

Dos días antes se había iniciado la instalación del gigantesco escenario por más de 200 personas, 650.000 watios de luz y 370.000 de sonido cuadrafónico y las 45.000 entradas se habían agotado.

David Gilmour, Nick Mason y Rick Wright se presentaron en el escenario acompañados por Jon Carim –teclados-, Tim Renwick –guitarra-, Guy Prapt –bajo-, Scott Page –saxo y guitarra- y Gary Walli –percusión-, acompañados por tres chicas en el coro: Margret Taylor, Rachel Fury y Durga McBroon, todos ellos con una técnica increíble, lo que, en mi modesta opinión, me llevó a no echar de menos a Roger Waters, que se había separado de la banda para intentar chupar de la teta de la vaca de The Wall en solitario.

El escenario, de más de cinco pisos de altura se rodeó durante el concierto de una gran selección de sonidos, desde el trinar de pájaros al vuelo de aviones recorriendo las diversas columnas de altavoces, produciendo un efecto envolvente antes de iniciarse Shine on your crazy diamond, y un enorme círculo que lo presidía, convirtiéndose en un sol lanzando destellos multicolores o transformándose en pantalla gigante con imágenes que se proyectaban al ritmo de las canciones.

Cuatro módulos con aspecto de platillo volante desplegaron sus luces sobre los músicos y el público, cuatro robots llenaron el cielo con rayos laser creando formas geométricas, niebla artifical a tuttiplen con olor a incienso, y una enorme forma, mezcla de pájaro y avión que cruzaba el recinto en diagonal, desde el campo hasta lo más alto del escenario.

La primera parte del concierto estuvo dedicado exclusivamente a los temas incluidos en el álbum A momentary lapse of reason, y en la segunda parte, tras un descanso de quince minutos, Pink Floyd buscó lo más difícil todavía en cuanto a espectacularidad, con un gigantesco cerdo con los ojos iluminados recorriendo el cielo, así como una cama con enfermo incluido.

Tras otro breve descanso, los miembros de Pink Floyd volvieron a la carga con dos temas más, One slip del último disco y Run like hell de The Wall, canción con el que finalizaron un concierto espectacular, perfecto y donde se demostró que, a pesar de la inmovilidad de los artistas, el espectáculo de Pink Floyd era uno de los más alucinantes de la escena musical.

Por cierto, de aquella gira salió el álbum en vivo Delicate sound of thunder, editado en noviembre de aquel año, y en junio de 1989 salía a la venta el vídeo.

viernes, 21 de abril de 2017

Entradas: Rick Wakeman 1993


Fecha: Martes, 23 de marzo de 1993
Hora: 22:00
Precio: 2.500 ptas.
Lugar: Zeleste Sala II
Artista: RICK WAKEMAN

Rick Wakeman, teclista del histórico grupo de rock sinfónico Yes, se presentaba en la sala Zeleste a las 10 de la noche. Wakeman, un virtuoso del teclado de 42 años, actuaba acompañado de su hijo Adam Wakeman, Alan Thompson y Tony Fernández.

La visita de Wakeman se realizaba entre la edición de dos de sus peores discos –aunque, seamos sinceros, ¿cuántos buenos discos había editado el bueno de Rick desde mediados de los setenta?-, el que se había publicado dos años antes bajo el título 2000 A.D. into the future, y el editado dos años después bajo el rimbombante nombre de The seventh wonders of the world. Quizás por esta razón, su visita despertó muy poco interés ya que, entre público y los escasos representantes de la prensa,  apenas se alcanzó la mitad del aforo de la sala 2 de la mítica sala Zeleste.
Y era lógico, porque si el rubio músico británico ya protagonizó un sonoro pinchazo en un concierto en Badalona en los 70, cuando estaba en la cúspide de su popularidad y egocentrismo, ¿cómo va a atraer a las masas ahora, en los 90, cuando poco tiene que aportar en el aspecto creativo y sólo puede recurrir a su habilidad técnica?

Wakeman ni siquiera se mostró espectacular, pero tocar, lo que se dice tocar, tocó bien, porque un músico como él, prodigioso desde niño, no pierde habilidad con el paso del tiempo, aunque ya no tenga el poder de seducción de su etapa juvenil. Pero bien poco era lo que podía ofrecer de estimulante tan habilidoso músico, porque su repertorio llevaba años con una carencia absoluta de originalidad. El resultado fue un puro empacho de teclados.

¿Por qué fui, entonces, al concierto? Sencillo, era Rick Wakeman, el que había puesto los teclados en mi adorado Space Oddity de David Bowie, o el que creó obras maestras con Yes, o el que compuso The six wives of Henry VIII, The myths and legends of King Arthur of the round table y Journey to the centre of the Earth. ¿Suficiente? No. Lo cierto es que me regalaron la entrada y no utilizarla habría sido una enorme estupidez.